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El Hombre Elefante

Antonio Albert, crítico de cine y presentador, ‘Las pelis que me monto’

En la maravillosa versión original, en blanco y negro, David Lynch muestra a su protagonista renqueando junto a los andenes de una estación al grito de “¡No soy un animal, soy un ser humano!”. En la versión de panceta y caspa que nos ocupa, una versión en color de papada y asco, no queda tan clara la diferencia entre la humanidad del protagonista y su animalidad: ni su aspecto ni su interior ayudan, desde luego, pues hablamos de un personaje a veces caracterizado a manera de carroñero que olisquea los cadáveres con lujuriosa glotonería, y en otras de depredador que salta sin contemplaciones sobre sus víctimas, incluso aquéllas ajenas a su dieta de vísceras ideológicas.

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La influencia de la serie Saw en este engendro es evidente, por lo que conviene advertir al espectador sensible que se abstenga, por su salud, de disfrutar de tamaño excremento en forma de debate en el que todos los contertulios aprovechan la caída del sol para salir de sus cavernas, afilar sus colmillos y degustar entre eructos y regurgitaciones platos de difícil digestión según las recetas culinarias de la Constitución Española.

Como hoy en día es necesario estrenar una película y montar algún escándalo para alcanzar segundos de gloria, aunque sea infame (los pobres ignorantes han leído mal El Quijote: pues son perros adiestrados para ladrar y creen que son sus ladridos los que les hacen existir), el director de la cinta abre sus esfínteres -o su boca, es que a veces no los distingo- para bromear sobre una candidata política que, además de discurso propio, posee una identidad sexual evidente: salta a la vista que es una mujer de armas tomar, inteligente, sensible y solidaria con causas que ella considera justas, por mucho que a nuestro protagonista le causen sarpullidos en el hueco donde en otros humanos suele habitar el corazón.

Pero, no contento con el agravio a una mujer que ha luchado contra los elementos desde el primer día de su vida (¿acaso no es eso precisamente la clave de la civilización: el empeño por reglar el mundo según leyes creadas para/por el hombre y la mujer y no según las de una naturaleza que no entiende de sentimientos, de lenguaje, de justicia, de arquitectura, de medicina o de amor?), se burla de los más débiles y de los enfermos…. No sorprende. Aunque lo paradójico es que, llegados a este sórdido e inmoral punto de la trama, se escandalicen los espectadores agnósticos mientras los católicos le dan cobijo espiritual, riendo las gracias de tamaño íncubo.

Además, el guión, deslavazado y sin ritmo, se apropia de citas literarias míticas, adaptándolas al tono de chacinería que caracteriza al conjunto. Por ejemplo: “¡Dadme una cadena de TDT y cambiaré el Gobierno!”, origen de todo este embrollo que, de no tener dramáticas consecuencias para la sana convivencia democrática del país, sería de auténtico vodevil rústico. Claro que allí donde el teatrillo de enredo juega con entradas y salidas que alimentan confusiones, aquí todo son mesas camilla desde las que pavos engordados con subvenciones y ayudas de Aguirre, la cólera de Dios (ya saben que nos ponemos cinéfilos) vomitan sus entrañas enfermas de prejuicios y sueltan las flatulencias de sus mentes emponzoñadas de odio.

Foto de Xavier Horcajo
Xavier Horcajo

Incluso la influencia del breve relato de Daphne du Maurier, Los pájaros, llevado libremente al cine por Alfred Hicthcock, se hace patente en el montaje inicial, que nos lleva de un primer plano del buitre principal a los sucesivos cuervos, aguiluchos, quebrantahuesos y otras aves de mal agüero que con sus siniestros plumajes baten las alas entre graznidos aterradores. Al verlos en acción me viene a la cabeza la imagen de esas hermanas enlutadas que con sus mezquinas murmuraciones acabaron por causar el brutal crimen de Puerto Hurraco.

La película no puede dar más asco: es repugnante porque se escuda en la libertad de expresión, un derecho sagrado (si fueran buenos cristianos lo entenderían), para insultar a quienes se atreven a ejercer el libre albedrío; es despreciable porque miente y manipula al espectador, ¡Ay, pecadores, tenéis el infierno ganado!, y es infame porque hace el mal, y lejos de poner la otra mejilla en caso de bofetada, como mandan las reglas de las Sagradas Escrituras, ataca con rabia integrista directamente a la yugular ante una simple insinuación que le disguste… O sea, con cualquier cosa. Me temo que, de haber secuela, pasarían directamente a la lapidación.

No me gusta desearle el mal a nadie, pero como le deseo lo mejor al mundo -y estamos hablando de una mala, malísima película-, queda claro que el mundo estaría mejor si el protagonista pasara de animal a vegetal para confirmar lo que todos los espectadores sospechábamos durante la proyección: que tiene el encefalograma plano. En cuanto al alma, no ha tenido jamás.

P.S. Y ahora, si me perdonan, voy a lavarme el teclado con jabón.

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